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Full text of "Ideas de Derecho Público, Presentadas a los alumnos de Jurisprudencia de Guatemala, por el Dr. Pedro Molina"

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DE DESECHO PUBLICO, 



PRESENTADAS 



A LOS 



ALUMJfOS DE JURISPRUDENCIA 



DE 



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POR 



El Dr. Pedro Molina. 



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GUATEMALA. 



IMPRENTA DE LA 

1847. 



PAZ 






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PHISIOLOGIA. 

Se llama Derecho Público, un conjunto de 
reglas deducidas de la naturaleza del bombre, 
que fijan los derechos y deberes de este <mi 
el estado social-, de donde se deduce la mane- 
ra en que debe ser gobernado. 

De esta definición se infiere que, ante to- 






2 

das cosas, es menester echar una ojeada so- 
bre las leyes naturales, que conservan nues- 
tra existencia, para sacar de ellas lo que á to- 
dos los hombres nos conviene hacer reunidos 
con el fin de vivir contentos y felices. 

Dos cosas trae el animal al nacer para su 
conservación y desarrollo, la sensibilidad y su 
instinto. Por la primera está en disposición 
de adquirir el conocimiento de la manera con 
que obran en él los seres que lo rodean: por 
el segundo, se inclina desde luego á buscar 
la sustancia que lo nutre, y el medio ó ele- 
mento en que debe vivir. Todos los cuadrú- 
pedos buscan, luego que nacen, las mami- 
las de sus madres para extraer de ellas la le- 
che que los sustenta:; y cada especie del vas- 
to reino animal sabe buscar la materia, que 
incorporada á su ser, lo hace conservarse y le 
da aumento, durante cierto tiempo, y lo con- 
serva aun en la vejez. Si la naturaleza les ha 
dado á los animales este instinto de conser- 
vación, también les ha dado los medios de 
conseguirlo. Los sentidos feon los centinelas 
de su máquina: ellos reciben las impresiones 
que les causan las cosas de fuera, y las trans- 
miten al interior: estas impresiones son agra- 
dables ó desagradables, y según su naturaleza 
el animal apetece los cuerpos de donde ema- 



3 

nan ó los aborrece-, y de este principio pro- 
viene el apetito ó la aversión, el placer y el 
dolor; y mas adelante, el amor y el odio. ¿Qué 
será pues lo que quieren todos los animales? 
Gozar de los seres que les causan placer, y apro- 
vechan á su conservación. El hombre tiene 
eso de común con los animales, con la dife- 
rencia de que es capaz de exponerse voluntaria- 
mente á un dolor actual por gozar de un pla- 
cer futuro, y de abstenerse de un placer, por 
evitar el dolor. De aqui vienen sus renun- 
cias de lo que puede considerar como un bien, 
con la esperanza de adquirir otro mejor ó de 
evitar un mal que le pudiera sobrevenir. 

Asi pues, preguntémonos á nosotros mis- 
mos que es lo que hemos querido ó deseado 
encontrar en la sociedad de nuestros semejan- 
tes, y no podremos dejar de convenir en que 
ha sido el placer, el bienestar, la felicidad. 

Consideremos pues, como el primero de los 
principios del derecho público esta tenden- 
cia del hombre al estado social con la idea 
de conseguir un bien; Non est enim soliva- 
gum genus, como dice Cicerón, sino animal 
sociable, como lo son otras especies de anima- 
les. No ha sido pues necesario ni aun que hu 
biese hallado por su propia reflexión ette 
principio social de buscar el bien en la so- 



4 

ciedad, le bastaba sentirlo y apetecerlo por su 
propio instinto. De donde se deduce, que el 
fin de la sociedad es el bienestar del hom- 
bre, ó su "felicidad, ley inmutable de la natu- 
raleza. Como seria posible concebir que ha 
apetecido el mal, ó que su estado natural, co- 
mo lo dice Hobbes, sea el de guerra perpetua 
con sus semejantes 

Observando los desórdenes en que han cái- 
do las sociedades en diferentes épocas y pw 
lamo tiempo; sociedades en que se ha notado la 
división de los hombres en las clases de opio- 
sores y oprimidos, de engañadores y encima- 
dos, de señores y esclavos, sus gaerias conii- 
nuas y desastrosas, las proscripciones repeti- 
das- observándolas, decimos, solamente asi se 
puede comprender el error del célebre filoso- 
fo ingles. 

La desgracia de los hombres ha consistido 
en no conformarse con esta idea: que todo* 
somos iguales en cuanto al derecho que te- 
nemos de que se nos haya bien y no mal en 
nuestra reunión social. 

Pero si todos tenemos igual derecho, es 
menester que, viviendo en compañia. renun- 
ciemos todos á la facultad de hacernos mal. 
El hombre, según la naturaleza es libre cu- 
ando, sin miramiento hacia los demás, hace 



5 

todo lo que puede; mas cuando desea vivir ile- 
so y sin zozobra., en medio de la sociedad, es 
menester que se abstenga de ofender á sus con- 
socios» 

Organizada, ó debiendo ser organizada, la 
sociedad sobre los principios que hemos di- 
cho, veamos cual es el origen de la autoridad 
que debe mantener el bien y precaver el mal 
en los pueblos. 

i 

■ 

DE DONDE PROVIENE LA AUTORIDAD. 

En la voluntad y poder, de hacer lo tpfe 
quiere, consiste la autoridad del individuo; 
y como la sociedad está formada de mucho 
individuos, consiste la autoridad de este con- 
junto en lo que las voluntades reunidas pue- 
den hacer en su favor. He aqui la soberanía 
del pueblo. 

El pueblo no es un conjunto casual de in- 



6 

dividuos, dice Cicerón (1), sino una reunión 
cimentada en un pacto de justicia para la uti- 
lidad común. Este contrato en el principio 
no ha sido hablado, ni mucho monos escri- 
to, ha sido tácito-, pero consentido por los a- 
sociados para defenderse y ayudarse mutua- 
mente. El amor, el parentesco y la amistad, 
han debido cimentarlo. El hombre fué insti- 
gado por la naturaleza á buscar á la mu- 
ger:; de su unión nacieron hijos y se formó la 
familia. En esta unión conyugal hubo igual- 
dad y repartición de deberes entre el hombre 
y la muger respecto de los hijos-, pero siendo 
el hombre mas fuerte se atribuyó los oficios 
mas duros y la dominación suprema; el padre 
digamos, ejerció la soberanía. 

Figurémonos ahora machas familias reuni- 
das en un cierto territorio: en él habría tantos 
soberanos como padres de familia: una dispu 
ta sobre propiedad entre estas familias, un 
agravio cualquiera no se podia transar ni com- 
poner si las partes interesadas no cedian vo- 
luntariamente, y la dispata ó la queja se re- 
solvería por medio de la fuerza, que no siem- 
pre está de parte de la justicia; á no ser que 
estos padres de familia convinieran entre si 



(1) De República. 



7 

en elegir un hombre ó varios del seno de su 
sociedad, autorizándolos para dirigirlos y com- 
poner sus diferencias, ó castigar las ofensas 
que pudieran hacerse. Asi vemos en nuestro 
propio suelo aduares de salvages que tienen 
sus caudillos y sus consejos. Asi se gobiernan 
los Pallas, Xicaques y Lacandones. 

Pero, he aqui el origen de la autoridad pú- 
blica claramente emanada del pueblo: he a- 
qui el gobierno en su cuna. No es esta una 
teoría, una suposición, es un hecho confirma- 
do en poblaciones primitivas y actualmente 
existentes en Centro-América. 

En la conducta que los hombres han teni- 
do en la formación de sus sociedades primi- 
tivas, y las de la mas alta civilización, se en- 
cuentra, de hecho, consignado el dogma de la , 
soberanía del pueblo. Nuestros bárbaros eli- 
gen sus caudillos como los franceses á Napo- 
león y á Luis Felipe; y los destituyen como 
los ingleses á los Estuard: asi las pequeñas y 
las grandes potencias se parecen. Se olvido 
en un tiempo el verdaderp origen de la au- 
toridad y poder, en los naciones conquistadas, 
ó sometidas á la usurpación y al yugo férreo 
del despotismo; pero el pueblo ha recobrado 
sus derechos y los ha proclamado altamente 
en su regeneración política. Mucha sangre ha 






8 
costado volver á reconocer los principios de 
la naturaleza: pero ella es eterna y triunfará 
siempre de las vicisitudes de los tiempos y 
de los delirios de los hombres. 



§. 3. * 

DE LOS DIFERENTES fcENEUOS DE GOBIERNO 
Y DE SUS DEFECTOS. 

Cuando toda la autoridad del pueblo está 
depositada, en un solo representante suyo, ó 
en un individuo que la lia usurpado; este gé- 
nero de gobierno se llama absoluto, el < j i u> 
manda se llama Rey ó Monarca. El depone 
solo, da leyes, las interpreta, las deroga a su 
arbitrio y las hace ejecutar como Hiñere; el 
solo domina, los demás solo obedecen, sus 
títulos consisten ó en la tolerancia y sufrimirn-- 
to del pueblo, ó en la fuerza en que se apoya. 
En este genero de gobierno no hay igualdad 
ni garantías para los asociados: hay favori- 
tos, personas y clases privilegiadas y todos 
son igualmente esclavos* Un buen Rey sue- 
le hacer, por accidente, felices á los pue- 



9 

blos: pero esto es raro; de ordinario degenera 
en despótico y tirano. 

Cuando el pueblo da las leyes por si mis- 
ino y las hace cumplir por sus mandatarios, 
que se ha elegido., este género de gobierno se 
llama democracia. Degenera en ochavada, 
que significa tumulto popular, ó en la anar- 
quía* 

El gobierno aristocrático es el que resi- 
de en cierto número de personas nobles que 
se han atribuido el derecho exclusivo de 
mandar; con mas propiedad debería llamar- 
se oligárquico^ respecto a que no es al mé- 
rito al saber ni a la virtud, sino í\ la alcur- 
nia á la que se confiere el poder. Zelosa < 
ta cíase de personas de su autoridad, la de- 
fienden tenazmente y con furor, de donde re- 
sulta una urania suspicaz y tenebrosa, inso- 
portable. La República de Venccia dio al 
mundo por mucho tiempo el ejemplo es* 
caudaloso y temible de este género de go- 
bierno* 

Veamos como se ha podido hacer esta usur- 
pación de los derechos del pueblo por uno* 
pocos hombres, que han formado en él una 
clase preponderante y privilegiada. 

Cicerón dice: "Si el Estado elige sus gui- 
jas á la buena ventura, será trastornado tan 



'-¥ # 



10 

» fácilmente como un vajcl, cuyo timón se 
» entregue á uno de los pasaderos, elrgido por 
»la suerte. Si un pueblo es libre elegirá a 
» aquellos á quienes deba confiarse, y 
» si quiere su conservación, elegirá sívmh- 
))pre á los mas sabios. A los esfuerzos de 
» estos es debida la salud de los estados, tan- 
)) to mas que la naturaleza, no solamente lia 
»dado á estos hombres superiores por la vir- 
tud y el genio, el talento d<> gobernar á los 
» débiles, sino que inspira á estos el deseo de 
)) obedecer a los hombres superiores. Pero la 
» excelencia de esta combinación se destruye 
»por los falsos juicios de la multitud, (pie 
))jno conociendo la virtud, cuyos modelos son 
» raros, y cuyos jueces y apreciadores no son 
)) menos raros, se imaginan que entre los 
)) hombres los mejores son los mas podero- 
sos, los ricos, y aquellos que descienden den na 
» noble alcurnia. Cuando á favor de esta equivo- 
cación del vulgo, la potencia y no la virtud 
»de algunos hombres, ha tomado posesión de 
»un estado, estos hombres retienen obstina- 
damente el título de grandes^ pero el he- 
)>cho es que no lo justifican, porque las ri- 
)) quezas, el nombre y el poder destituidos de 
)>la sabiduría y de un cierto temperamento 
»para conducirse y mandar á los otros, no 



11 

)>son mas que deshonra y fastuosa insolencia^ 
»y no hay Ciudad, cuyo aspecto sea mas hor- 
roroso que aquella en que los mas ricos son 
» considerados como los mejores (2)." 

Los tres géneros de gobierno, de que hemos 
hecho mención, se llaman gobiernos simples, 
cuyo origen ha debido estar en las costum- 
bres: empero las conquistas, y la ambición 
desmesurada de algunos poderosos, han cam- 
biado el gobierno monárquico, de paternal 
que era en su principio, en absoluto y tiráni- 
co, y al gobierno aristocrático en oligárqui- 
co: por lo que respecta al democrático pu- 
ro, él no ha podido subsistir sino es en na- 
ciones muy pequeña^ de costumbres simples 
y virtuosas; de otra manera fácilmente pasa á 
la oclocrácia y la anarquia. 

La experiencia que dio á conocer los de- 
fectos de los gobiernos simples, hizo imagi- 
nar á los publicistas que combinándolos (Mi- 
tre sí, se gobernaría mejor la República, de 
donde resultó el gobierno mixto; y tal es el 
gobierno ingles. El Rey, la Cámara de fos 
Pares, y la Cámara de represent antes lo com- 
ponen: el Rey representa la monarquía, la 
Cámara de los Pares la aristocracia, y la Cu 
< 

(2)*Cic. de República. 



12 

mará de los representantes la democracia. 
También se ha llamado monarquía moderada 
á este género de gobierno. 

De la democracia pura ha dimanado el go- 
bierno republicano ó popular representativo, en 
que predomina el principio deie.neratieo de la 
igualdad ante la ley: en este elige el puel>lo 
á sus gobernantes, estos no son perpetuos, to- 
dos son responsables: ningún empleo público 
es hereditario; tales son sus caracteres dis- 
tintivos, 



c o es 
§. 3. ° 

¿CUAL ES EL MEJOR GENERO DE GOBIERXO? 

La presente cuestión es un asunto 
muy controvertido por los publicistas. 
Nosotros diremos en términos generales. 
que el mejor género de gobierno es aquel cu 
que se respetan mas los dem -líos naturales 
del hombre^ á saber: la inviolabilidad de su 
persona si fuere inofensiva respecto de los de- 
mas, la seguridad de sus bienes, y la op- 
ción á tocios los favores y empleos de la Re- 
pública. 



13 

Si atendemos al fin de las sociedades, ya 
hemos visto que lo que han solicitado los 
hombres reuniéndose es su bienestar; pero es- 
te bienestar consiste precisamente en la lú 
hartad, la propiedad y la igualdad, y bajo 
de cualquier género de gobierno que estas tres 
cosas se consigan, tendrá su cumplimiento 
el objeto con que los hombres se han aso- 
ciado, la felicidad. Resta saber cual es, entre 
todos los géneros de gobierno conocidos, el 
que promete mas bajo este respecto. 

Pero serán los gobiernos de excepción, es 
decir, la monarquía absoluta y la aristocracia 
los que podrán dar ''en la sociedad estas ga- 
rantías? Todavía el gobierno absoluto podría 
accidentalmente ofrecerlas, como ya se dijo, 
cuando un Príncipe sabio y justo ocupase el 
trono: respecto del gobierno aristocrático, no 
hay esta esperanza. Aquí no es un hombre, 
como en la monarquía, son muchos los que 
se empeñan en abolir el derecho de igual- 
dad. 

Bajo de la monarquía moderada, aunque 
es mucho mejor que el gobierno de uno so- 
lo y que la aristocracia, el Rey lidia conti- 
nuamente por ensanchar su poder, y el cuerpo 
de la nobleza por su preponderancia y explen- 
dor. Los representantes del pueblo tienen que 



14 

resistir á lo que hay de mas* grande y pode- 
roso en la nación para conservarle sus dere- 
chos al pueblo, y no siempre lo consiguen: los 
representantes se mudan, el Rey y la nobleza 
son perpetuos y poseen mil medios de seduc- 
ción. En este conflicto muchas veces se dan 
leyes, á primera vista inofensiva^ que des- 
pués agóvian á las masas bajo el peso de la 
miseria. 

Solo el gobierno democrático, que es de to- 
dos y para todos, puede satisfacer los justos 
deseos de los asociados-, mas como deba orga- 
nizarse este gobierno y distribuirse la aulori- 
ridad popular para hacerlo tan benéfico co- 
mo debe ser, lo diremos después. Nos del en - 
dremos antes en explicar las (res garanlias se- 
ñaladas, su ostensión y sus límites. 



§• !• ° 

DE LA LIBERTAD, IGUALDAD Y SEGÜ- 

OÍ 






RIDAD. 



Ya hemos dicho que la libertad natural del 
hombre consiste en hacer todo lo que puede, 



15 

y que la libertad del hombre en sociedad se 
limita á no hacer mal á sus consocios; limita- 
ción que les comprende á todos ellos, de don- 
de resulta el derecho que tiene cada uno de 
no ser dañado, y el deber de no hacer da- 
ño á los otros. Pues bien, el hombre es libre 
en su pensamiento, en sus palabras y en sus 
acciones inofensivas para los demás, en su 
conjunto é individualmente. De aquí resultan 
tres géi>eros de libertad: libertad de conciencia, 
libertad civil y libertad de la palabra, de 
la escritura y de la prensa. 

LIBERTAD DE CONCIENCIA. 

La conciencia es la convicción interior que 
uno tiene de la verdad de ciertos principios: 
ella nos sirve de piedra de toque para en- 
sayar y calificar de acertados ó erróneos nues- 
tros pensamientos, de buenas ó malas nues- 
tras acciones. La conciencia no es ni puede 
ser una misma en todos los hombres, ni es el mis- 
mo un hombre en todas las edades y circimsUin- 
cias de la \ida. No es una misma en los in- 
dividuos de todas las naciones ni en los de 
una misma nación, porque las nociones de 
que se forma y la capacidad de recibir es- 
tas nociones son diversas. Si al asociarse pues, 



16 

un cierto número de individuos se le hubie- 
se impuesto la condición, á una gran mayoría 
de ellos, de que habían de sujetar su pensa- 
miento y sus acciones a lo que una minoría 
quisiese hacerles pensar: es ereiMe que no 
se hubieran asociado con esía minoría. La 
conciencia su íntima convicción, es la pro- 
piedad mas sagrada dpi hombre, y nadie k 
primera vista se persuadiría de (pie se le pu- 
diese ligar ó restrin;;ir: pero la experiencia 
prueba que se lia podido, cuando por un lado. 
el gobierno absoluto, v pul otro, la prepon- 
derancia de una secta han obligado a los pue- 
blos á profesar principios políticos ó religio- 
sos contrarios á su razón y conciencia, por 
medio del terror: lo que los pueblos no de- 
ben soportar ni una buena constitución po- 
lítica permitir. 

LIBERTAD CIVIL, 

El esclavo no es dueño de sus acciones, él 
hace lo que le ordena su amo. y trabaja pa- 
ra él, forzado, sin mas retribución que un 
escaso alimento y un mal vestido. Nosotros 
felizmente no tenemos esclavos, desde que 
la patria es libre, y no añadiremos nada acer- 
ca de ésto; pero puede haber leyes que res- 



17 

trinján la libertad del hombre prohibiendo* 
le algún género de industria honesta, emi- 
grar de su país cuando le convenga ó con- 
tratar con el extrangero, cuando ninguna de 
estas cosas cedan en perjuicio de otro. Nos- 
otros entendemos que la libertad de comer- 
cio está comprendida en la libertad civil, y 
que todo género de monopolio, autorizado por 
las leyes, ataca este derecho» 

LIBERTAD DE LA PALABRA, DE LA Es- 
critura Y DÉ LA PRENSA. 

Es un dote especial de la naturaleza en el 
hombre, la facultad de manifestar sus deseos 
y pensamientos por medio de la palabra. 
Las leyes, ni menos las autoridades, pueden 
prohibirle su uso de la manera que mejor le 
convenga; á menos que las leyes no sean 
opresivas y las autoridades tiránicas. Censuru ¡ 
por ejemplo, los decretos y deterttíi luiciones 
del Gobierno, ó la conducta pública de los 
Magistrados, que atacan las garantías socia- 
les, que se apartan de la ley ó son indolente 
en el desempeño de sus deberes; es un deri> 
cho que tienen los miembros del cuerpo so- 
cial, si quieren conservar sus instituciones y 
que sus mandatarios cumplan con ellas. Si <l 



* * 



18 

pueblo confiere la autoridad es consiguiente 1 
que vele acerca del modo con que esta se ejer- 
ce. En donde quiera que el pueblo es indo- 
lente y abandona este derecho, no tarda en 
haber usurpación de poder y abusos de au- 
toridad. 

El mismo derecho que tiene el hombre de 
usar de la palabra, lo tiene de explicar sus 
pensamientos por escrito y por medio de la 
prensa: por eso la correspondencia epistolar 
es sagrada y la interceptación de cartas es 
un crimen: por. eso la prensa debe ser libre 
para todos, sin necesidad de licencias pre- 
vias ni censuras. Pertenece á este derecho el 
de la lectura; y la prohibición de libros y de 
cualquiera otros impresos, es un ataque á la 
libertad que debe tener el hombre para ilus- 
trarse. Si no se le puede impedir adquirir 
bienes materiales, mucho menos se le pue- 
den poner embarazos para que adquiera nue- 
vas ideas. 

Veamos ahora los límites que tienen las li- 
bertades públicas. Generalmente hablando, 
no se pueden emplear en hacer mal sin atacar 
el fundamento del pacto social. 

Exije la prudencia en cuanto á la libertad 
de conciencia, na dogmatizar ni procurar 
prosélitos contra la religión ostableci- 



10 

da en favor de otra cualquiera. El divulgar 
nuevas doctrinas y entrar en controversias, 
sería alborotar las conciencias, poner el pais 
en combustión y perturbar la tranquilidad pú- 
blica-, lo que no impide, á la verdad, censu- 
rar la intolerancia y los abusos introducidos 
en la religión. • * 

En cuanto a la libertad civil, el hombre en 
sociedad es esclavo de la ley, y puede per- 
derla si la infringe. Los Magistrados, que tie- 
nen la obligación estricta de mantener la paz, 
por medio de la observancia de las leyes, apri- 
sionan con justo título é imponen penas á lo? 
culpables. 

Bien que sea lícito censurar las leyes y la 
conducta pública de los Magistrados, no lo es 
concitar al pueblo ala rebelión; porque si 
una -censura justa de las malas leyes puede 
conducir á su reforma resultará de ella un 
bien. De la misma suerte, si de la censura de 
la mala conducta de los Magistrados, resul- 
ta su descrédito y su destitución, la sociedad 
reportara, sin violencia, otro bien; pero si se 
concita al pueblo para trastornar el orden 
establecido y arrojar de sus asientos á los que 
mandan, esto puede tener por resultado el 
desorden y la anarquía; y a no ser que el go- 
bierno, sobreponiéndose á las leyes, se haya 



20 

hecho tiránico é intolerable, no es lícito atas- 
carlo. 

Si por el uso de la palabra no se puede 
agraviar, difamar íx concitar al pueblo á la re- 
belión, menos se podrá por la prensa. Estos 
son delitos comunes que castigan las -oyes co- 
mo públicos ó como privados, 

DE LA PROPIEDAD. 

Supuesto que el hombre trabaja para ad- 
quirir, él debe ser dueño absoluto de los pro- 
ductos de su trabajo, y ninguna autoridad 
puede disponer de ellos sino es en los casos 
fijados por una ley; empero, la propiedad es- 
tá sujeta á las contribuciones que el gobier- 
no impone á los ciudadanos para su conser- 
vación. EL gobierno es s del pueblo y para el 
pueblo, mantenerlo es satisfacer una necesi- 
dad social, es pagar á los conservadores de las 
leyes y del orden público, es asegurar las 
personas y propiedades de los mismos con- 
tribuyentes. 



DEL DERECHO DE IGUALDAD. 

No puede haber igualdad de mérito, de 
talentos ni de fortunas; pero en medio de es- 



' 



21 

ta desigualdad natural, todo hombre en la so- 
ciedad tiene derecho á su libertad, á, no ser 
dañado por cualquiera que sea, y á ser con- 
siderado solo por su mérito, sus talentos y 
virtudes personales. La ley no aprecia el naci- 
miento ni las riquezas, si no están unidas á 
los talentos y honradez. La ley no reconoce 
clases privilegiadas, en donde quiera que es 
equitativa y justa. Cuando decreta penas, es 
contra los delitos y no contra las personas; 
porque si la experiencia prueba que se come- 
ten los delitos, el legislador ignora quienes 
los podran cometer; y así la ley es una pa- 
ra todos por su esencia é imparcialidad. Las 
leyes no se dictan para lo pasado sino para 
lo futuro; su acción no recae sobre lo que 
se ha hecho antes de ser promulgadas, sino 
sobre lo que podrá hacerse y ha tenido lugar 
después que han sido promulgadas. 

EL DERECHO DE IGUALDAD REQUIERE 

PUES, QUE LA LEY SEA UNA PARA TODOS, YA SEA 
CUANDO PDEMIA ó YA CUANDO CASTIGA. 

Concluiremos esta rápida ojeada sobre las 
garantías ó derechos que se deben asegurar 
al hombre en sociedad, hablando mas parti- 



22 

cularmente de la seguridad personal. Con- 
siste esta en no experimentar ofensa en la 
persona ni temerla mientras no se haya dado 
motivo para ello-, de lo cual deben cuidar las 
autoridades constituidas: consiste en que nin- 
gún poder pueda dañar al inocente por ca- 
pricho, antipatía ó venganza. Asi, no basta 
la imputación de un delito á una persona pa- 
ra que se le aprisione ni menos para que se 
le maltrate ó castigue: es preciso que se le 
prueve el delito y que se le juzgue por un 
juez designado por la ley, oyendo antes su 
defensa. 



§5.° 



DE LOS MEDIOS DE ASEGURAR LOS DERE- 
CHOS DEL HOMBRE EN SOCIEDAD. 

Estos medios son dos: tener una buena ley 
fundamental-, y asegurar su cumplimiento. 

El objeto de una ley fundamental no de- 
be ser otro que el de mantener en el goce 
libre de sus derechos primitivos al hombre en 
sociedad. A este fin deben encaminarse las 



23 
miras de los legisladores que constituyen í 
un pueblo, cuando éste es libre para elegir 
apoderados de su confianza. 

Una Asamblea ele representantes que tie- 
nen el mandato de constituir á una nación, 
reúne en sí toda la autoridad del pueblo, y 
la puede distribuir de la manera mas conve- 
niente para asegurarle su libertad. Esta dis- 
tribución de autoridad, que se llama en los 
términos de derecho público, división de po- 
deres, es muy conveniente para que se con- 
trapesen y equilibren de manera que ningu- 
no pueda traspasar los límites que pone á su 
autoridad la ley fundamental, defendiendo ca- 
da uno sus atribuciones y oponiéndose á que 
los otros se las defrauden. 

Asi, la autoridad pública se suele dividir 
en tres ó mas poderes: nosotros la considera- 
mos dividida en poder electoral, legislativo 
y ejecutivo. 

El primero de estos poderes la ejerce el 
pueblo eligiendo á sus mandatarios-, el segun- 
do, lo ejercen los representantes del pueblo 
autorizados por él para dictar las leyes; y el 
tercero es encomendado á magistrados elegi- 
dos para hacerlas cumplir y ejecutar. Este po- 
der se divide en Ejecutivo administrativo, que 
hace promulgar las leyes y las pone en ac^ 



24 

cion; y en Ejecutivo judicial que las aplica en 
casos particulares. Hablaremos separadamen- 
te de cada uno de estos poderes. 

DEL PODER ELECTORAL. 

Este poder es inalienable por parte del pue- 
blo; debe él ejercerlo por sí mismo para que 
por él y á su nombre gobiernen la repúbli- 
ca las personas que para ello elija, y para 
que estas personas no olviden ni desconozcan 
jamas el origen de su poder. No es su reco- 
nocimiento tácito, no es su aquiescencia á una 
autoridad intrusa, la que el pueblo ofrece en 
este caso á la magistratura, es su poder mis- 
mo el que le confia por un acto explícito y 
auténtico; y nada hay mas legítimo que el 
ejercicio de este poder. Señalar laestension 
y límites del poder electoral y reglamentar 
la forma en que lo deba ejercer el pueblo, 
es á cargo de la Asamblea Constituyente. 

DEL PODER LEGISLATIVO. 

Éste poder lo confiere el pueblo a cierto 
número de representantes ó apoderados suyos 
para qué dicten las leyes que le convengan. 
Si el poder que estos han recibido es para 



25 

dictar una constitución, es amplísimo; pero se 
encierra en este solo objeto. Si el pueblo es- 
tá ya constituido, el poder legislativo está au- 
torizado para dar leyes secundarias de todo 
género, basadas en la fundamental ó sin per- 
derla de vista. El P. L. constituido,no es, 
como algunos se lo han figurado, omnipoten- 
te: no le es lícito infringir la ley fundamen- 
tal en sus determinaciones directa ni indirec- 
tamente; aunque la misma ley le dé facultad, 
para reformar sus artículos; porque una cosa 
es fijar la atención en alguno de ellos y mu- 
darlo, si nó parece conveniente, y otra cosa es 
que, hallándose vigente, el primer cuerpo de 
la nación, obligado á obedecer y á conservar 
la contitucion, la viole escandalosamente en 
sus acuerdos» 



DEL PODER EJECUTIVO. 






El pueblo confiere este poder á una ó mas 
personas, á quienes recomienda plantear la 
constitución y demás leyes emanadas del po- 
der legislativo, cumplirlas y hacerlas cumplir 
y ejecutar. El Poder ejecutivo tiene dos ramas 
política y judiciaria. Se ha considerado la úl- 
tima como independiente de la primera, y de- 
be serlo. La facultad de aplicar en su caso la 



26 

ley civil y criminalmente es muy importante y 
delicada para que no se considere como uno 
de los altos poderes, independiente y sobera- 
no. 

Supuesto que se haya dado el pueblo una 
constitución, esta será la ley primitiva y fun- 
damental, en cuyo nombre y por cuya auto- 
ridad ejerzan el poder los diferentes magis- 
trados que lo han obtenido. La constitución 
es la ley de las leyes y el fundamento de to- 
das ellas. El primer deber de todos los ma- 
gistrados, que por ella ejercen el poder, es 
obedecerla y conservarla; ningún juramento 
puede contrariar, ni menos abolir el que se 
le ha prestado, y para que el pueblo sea re- 
gido con orden y felizmente, todo ciudadano 
está obligado á defenderla; pero es preciso que 
ella misma provea á su conservación: segun- 
do medio para que los derechos del pueblo 
no peligren. 

Una de las garantías que la constitución se 
debe dar, es contra las aberraciones del P. L. 
Ella debe declarar que ninguna ley, decreto 
ú orden de este poder, que resulte en opo- 
sición de algún artículo suyo, se debe aten- 
der ni ejecutar. La otra garantia que con- 
sideramos necesaria es contra las demasías de 
cualquier otro poder. La ley fundamental de- 



27 

be declarar: que ningún subdito está obliga- 
do a obedecer órdenes emanadas de sus su- 
periores, cuya ejecución envuelva una infrac- 
ción de las garantías, que promete asegurar 
á todo el pueblo-, y que de obedecerlas, el 
que lo haga será inmediatamedte responsable 
en su persona, que se le hará cargo de haber in- 
fringido la ley, y que será castigado por el 
delito que resultare. 

Se supone que para que estas garantías sean 
firmes y estables, la constitución debe ser el li- 
bro del pueblo, que será distribuida en nu- 
merosos ejemplares, leida periódicamente en 
todas las corporaciones civiles, militares y 
eclesiásticas-, y enseñada en las escuelas, co- 
legios, academias, sociedades y Universidades. 



§ 6. © 

DE LAS PERSONAS QUE DEBERÁN EJERCER 
LOS PODERES PÚBLICOS. 

Busquemos cuales son las personas que primiti- 
vamente, ó por la naturaleza, han tenido auto- 
ridad antes del arreglo de las grandes socie- 



28 
dades, y veremos que han sido los padres de 
familia, y que estos conservaran siempre su 
representación (3) por sus hijos, hermanos me- 
nores y parientes. A ellos, pues, y á las per- 
sonas mayores de edad, que reúnan las cali- 
dades que debe tener un ciudadano, corres- 
ponde naturalmente el derecho de elegir. 

Confiado á estas clases solamente este de- 
recho no se pueden hallar otras mejores pa- 
ra designar las personas que deben gobernar 
la república. Estas personas tienen interés en 
escoger lo mejor entre sus conciudadanos, es 
decir, los que tengan honradez, talento, ilus- 
tración y amor al bien comunal. 

Para ejercer el P. E. deberán elegirse per- 
sonas, que á las calidades dichas, reúnan la 
experiencia y el talento especial de gober- 
nar. Este talento no consiste precisamente en 
el saber si no mas bien en la observación de 
la índole y circunstancias del pueblo á quien 
se deba gobernar: consiste en el patriotismo 



(3) Por padre de familias, no entendamos aquí so- 
lamente el que tiene hijos bajo su potestad, sino tam- 
bién el que tiene á sus órdenes una casa con sua 
dependientes, ó los que son mayores de edad con 
destino ú oficio conocido* 



29 

y en el deseo de hacer el bien: consiste en 
el valor para vencer los obstáculos que se opo- 
nen á este noble designio. 

Por lo que respecta á la elección de los jue- 
ces., deberá recaer en hombres íntegros no so- 
lo, sino profesores del derecho. Se debe evi- 
tar que el nial se haga por ignorancia ya que 
no resulte de una mala intención. 

Si el elegir es un derecho importante, por 
cuanto somete á los electores, en cierta ma- 
nera, la suerte de la república, este derecho, 
les impone á las personas, á quienes compe- 
te, el deber de ejercerlo emitiendo su voto; 
y si yo fuese legislador impondría una pena 
al que no lo hiciese, no teniendo impedimen- 
to grave. 

Debiendo renovarse las autoridades en 
ciertas épocas, la constitución debería enco- 
mendar el cuidado de convocar al pueblo do 
sus distritos á los directorios que hubiesen pre* 
sidido en las últimas elecciones, pena de mul- 
ta en caso de no hacerlo. Esto no obstante, 
se encomendaría también al P. L. dar la con- 
vocatoria antes de ponerse en receso y al Eje- 
cutivo darle oportunamente su cumplimiento. 





30 

DE LA ORGANIZACIÓN MAS CONVENIENTE DE 
LOS PODERES PÚBLICOS. 

Nada hay mas necesario que las leves pa- 
ra conservar la libertad del pueblo: no hay 
cargos mas delicados que el de dictarlas; por 
que cuando son buenas son la egide de las 
garantías sociales, cuando son malas dan lu- 
gar á la opresión: nada por consiguiente se 
debe meditar tanto como la emisión de una 
ley. La manera de organizar los poderes pue- 
de ser un preservativo útil y eficaz contra el 
prurito y festinación de legislar. 

El Poder Legislativo debe constar de dos cá- 
maras con la facultad recíproca de iniciar y 
de aprobar ó no aprobar las leyes; el P. E. 
tiene su sanción. Esta parte que se le dá en 
la legislación tiene una ventaja, y es que no 
se verá obligado á ejecutar con repugnancia 
leyes que no crea convenientes para el bien 
de la república. La constitución puede poner 
remedio contra el abuso que el P, E. pudie- 
ra hacer de esta facultad. 

El P. E. conviene sea ejercido por una so- 
la persona, autorizada por su elección, y auxi- 



31 

liada por un consejo de ministros de su con- 
fianza. Se ha visto encomendar este poder á 
dos, tres ó mas personas, lo cual tiene el in- 
conveniente de la lentitud en las resolucio- 
nes, que tal vez se necesita que sean prontas. 
- El Poder judicial debe estar diseminado en to- 
da la república teniendo un centro en la Ca- 
pital. En todos los departamentos son nece- 
sarios jueces de 1. a3 instancia; formada una 
provincia de tres ó cuatro departamentos con- 
tiguos, tendrá una corte de 2. * instancia. Los 
asuntos que tengan 3. * instancia y los que 
no teniéndola traigan aparejada nulidad, se 
decidirían por la Corte Suprema, residente en 
la Capital. Todos los jueces deben ser letra- 
dos é inamobibles durante su buen compor- 
tamiento. Deben tener buena y segura paga. 
Son rarísimos los escritores, que hablando 
del P. judicial, no recomiendan el juicio por 
jurados, al menos, en las causas criminales 
y delitos de la prensa. "Es menester no olvi- 
))dar, dice el Sr. Conde de Lanjuinais. Par de 
» Francia, que las constituciones mas libera- 
les, es decir, las mas favorables á la conser- 
» vacion de los derechos de todos y de cada 1 
» uno, no son nada sin la práctica de la liber- 
tad de la prensa, y sin el juicio de los deli- 
rios de la prensa y de todos los crímene? 



32 

» por un jurado verdadero de ciudadanos. Es- 
)) tas dos excelentes instituciones en todo su ri- 
»gor bastarían, por decirlo asi, á la felicidad 
» pública y privada si pudiesen mantenerse sin 
»la garantía de una constitución que las con- 
» sagre y de una representación nacional li- 
bremente elegida, que vele sin cesar para 
» conservarlas (4)." 



§. 8. o 

LÍMITES DE LOS PODERES. 

El pueblo, que se ha reservado la facultad 
de elegir, puede en sus juntas electorales po- 
ner tachas á los individuos que por alguna 
causa se hallen impedidos para votar: nada 
tiene que hacer después que elige, sino es emi- 
tir sus nombramientos a los elegidos. 

El pueblo por este acto delega sus demás 
poderes; y de este acto de soberanía, descien- 
de al estado de obediencia, porque sus elegi- 
dos son los depositarios de su confianza, los 
intérpretes de su opinión y voluntad presun- 



(4) Lanjuinais Histoíre abreg du Droit Constitu- 

tion. francais. Lib. 1. ° Cap. 10 pág. 19. 



33 

tá, los órganos por donde se expresa, los que 
la ejecutan, y le dan un ser positivo. De cu- 
ya manera, se entiende como un pueblo libre 
cuando obedece, no por eso deja de ser so- 
berano, puesto que no obedece mas que sus 
propios mandatos, y á las personas encomen- 
dadas por el de expresarlos en las leyes, y de 
ejecutarlos, una vez que estas sean promul- 
gadas. 

El P- L. no puede hacer otra cosa que dar 
leyes. Si a este cuerpo se reuniese el poder eje- 
cutivo, debería ser permanente, deliberaría 
acerca de cualquiera de sus mismas providen 
cías, al tiempo de mandarlas poner en eje- 
cución, y se entorpecería su curso; las dero- 
garía con frecuencia y les quitaría su efica- 
cia antes de haber conocido sus efectos; y por 
último, creyéndose absoluto caería en una ti- 
ranía mil veces peor que la de un solo indi- 
viduo- El P. L. representa el pensamiento y 
la voluntad de la nación: a él solo correspon- 
de pues explicarse cuando se duda de la men- 
te de la ley, es decir, interpretarla. 

El P. E. es todo acción y representa los 
miembros que obedecen á la voluntad. Al P. 
E. no se le ha confiado la facultad de dispo- 
ner y solamente puede obrar. Cuando un so- 
lo hombre reúne los dos poderes, sucede lo 



..y * ^ 



34 

que dijimos antes, es fácil que se caiga en 
la confusión y en la arbitrariedad, cualidades 
perniciosas del gobierno absoluto, cuyo resul- 
tado es la opresión del pueblo. 

El Poder judicial, es también ejecutivo y está 
limitado á manifestar lo que la ley dispone 
acerca de los derechos y acciones de los ciu- 
dadanos; no dispone ni delibera, solo aplica 
la ley; su mas delicado oficio es aclarar los 
hechos: una vez patentizado un hecho, el juez 
busca la ley que lo califica, y sentencia con- 
forme a ella, y á nombre del soberano, que 
es la nación. 

La conservación de la vida, del honor y de 
la propiedad, dependen en gran manera del 
ejercicio del poder judicial. Las leyes lo han 
dispuesto todo; empero, al magistrado incum- 
be conocerlas, haber meditado su espíritu y 
por la luz de la filosofía descubierto su alcan- 
ce y genuina aplicación en el caso que se 
presenta. 

Hemos recomendado antes el juicio por ju- 
rado apoyándolo en la opinión de un publi- 
cista francés. Otro escritor de la misma na- 
ción ha examinado de cerca esta institución en 
Noi te-a mélica, en donde sirve tanto para lo 
civil como para lo criminal, y dice: "'Aplicar el 
» jurado á la represión de los crímenes, me pu- 



35 

7) rece introducir en el gobierno una mstitu* 
3)cion eminentemente republicana. Me explico. 
»La institución del jurado puede ser aristo- 
» crática ó democrática, según es la clase en que 
» se toman los jurados; mas siempre conserva 
y> un carácter republicano, por cuanto pone la 
}> dirección real de la sociedad en manos de los 
)) gobernados, ó de una porción de ellos, y no 
»en la de los gobernantes. La fuerza no es 
)) mas que un elemento pasagero de buen su- 
» ceso, pues tras si viene al punto la idea del 
» derecho, y un gobierno reducido á no poder 
» alcanzar á sus enemigos si no es en el cam- 
)>po de batalla, no tardaría en ser destrozado. 
))La verdadera sanción de las leyes políticas se 
)) halla pues en las leyes penales, y si falta la 
)) sanción, la ley pierde tarde 6 temprano su 
y> vigor. El hombre que juzga al delincuente, 
:»es pues en realidad el dueño de la sociedad. 
» Ahora bien, la institución del jurado coloca 
)) al pueblo mismo, ó á lo menos á una clase 
))de ciudadanos, en el asiento del juez. Por 
)) consiguiente la institución del jurado pone 
» la dirección de la sociedad en poder del pue- 
»blo ó de esta clase (5)." Es digno de leerse 



(5) Tocqueviile. De la democracia en la Amé- 
rica del Norte, tom. 2. ° 



Cílantó Mr. de ToCqueville dice acerca del ju- 
rado. La mayor parte de los publicistas lo re- 
comiendan. 

Hay una parte en los procesos, que está al 
alcance de todo hombre que debe discernir 
lo -verdadero de lo falso; asi como lo que es- 
ta en duda eri un hecho que se refiere, y cu- 
ya certidumbre se pretende averiguar. Se in- 
daga, se busca por sefiales, datos, y deposi- 
ciones de testigos, y con presencia de todo 
esto, quién no comprende que un hombre de 
sano juicio podrá decir y declarar si el he- 
cho está bien averiguado ó no? Ahora bien^ 
si uñ cierto numero de hombres honrados y 
de buen sentido es llamado á juzgar de una co- 
sa tan obvia, estos hombres bien pueden con- 
venir por unanimidad en que el hecho es cier- 
to ó eíi que no está bien averiguado que sea 
de lai persona á quien se atribuye. Taí es el 
juicio de un jurado. Se necesita de la eviden- 
cia para condenar á un hombre por un crí- 
ínen que se le imputa y él niega haber co- 
metido; y la muestra de esta evidencia, es la 
identidad deí juicio de muchos hombres; por 
que si hay uno entre ellos que dude y sos- 
tenga no estar Convencido, siendo todos los 
que componen el tribunal honrados, impar- 
ciales y de sano juicio; esto provará una de 



37 

dos cosas, ó que el hecho no es evidente, ó 
que esta persona sabe algo que no puede re- 
telar y que opone su conciencia al juicio 
de los ciernas: y he aqui por lo que se nece- 
sita la unanimidad de votos para condenar á 
un hotnbre en el jurado; de cuya manera 
bien se podrá salvar un culpable, pero es di- 
fícil que se condene á un inocente* 

Mr* de Tocqtieville concluye su artículo del 
jurado en su obra citada diciendo. «Es parti- 
cularmente al arrimo del jurado en materia 
» civil que la magistratura americana hace pe- 
» netrar lo que he llamado espíritu legista has- 
» ta en las últimas clases de la sociedad, y por 
»eso, el jurado, que es el medio mas enér- 
% (jico de que reyne el pueblo, es también el 
» mas eficaz para enseriarlo á reynar" 






CONCLUSIÓN* 



Urt verdadero, permanente, y á veces áspe- 
ro choque entre las luces y el obscurantismo, 
entre el pueblo y el poder absoluto, ha he- 
cho por fin caer á este de su trono. Luego que 
estalla una revolución promovida por los prin 
cipios descollan mil talentos, antes comprimi- 
dos, que defienden los derechos de la huma- 
nidad) y señalan el camino luminoso de la* 



38 

instituciones que protegen sus derechos. Pero 
cuales son los principios fundamentales de la 
ciencia política? No son otros que los que he- 
mos anunciado arriva. Estos principios se ha- 
llan gravados en el corazón del hombre; el 
filósofo los ha leido, los ha estudiado y dado 
á conocer claramente en sus discursos. El de- 
recho público está fundado pues en el natu- 
ral, que cada hombre es capaz de descubrir 
en sí mismo, si observa el consejo de un sa- 
bio de la Grésia; nosce te ipsum, conócete íx 
tí mismo. 






APÉNDICE. 

MOVIMIENTO NATURAL DEL GOBIERNO EN 
LOS PUEBLOS. 

El padre de familia es por la naturaleza rey 
en su casa: su dominio absoluto, moderado 
por el amor, hace de la familia una sociedad 
encaminada hacia el bien estar de todos los 
que la componen-, mas esto no deja de pre- 
sentar sus dificultades: es menester gobernar- 
la. ¿Qué será pues de una familia, no ya com- 
puesta de solo individuos, sino de distintas fa- 
milias? Estas forman una aldea, un pueblo, 
una ciudad en que es necesario gobernar á los 



39 

padres ele familia y á sus hijos; separar los 
bienes particulares de los comunes, conservar 
estos bienes y aumentarlos, mantener la paz 
entre las familias, tranzar sus diferencias, cor- 
regir y castigar los excesos, estimular al tra- 
bajo y distinguir, premiándolos con la estima- 
ción pública, á los hombres benéficos y la- 
boriosos. Estos objetos exigían cierto orden y 
unidad en las miras; era preciso, pues, que se 
manejasen por todo el pueblo reunido, discu- 
tiendo sus propios negocios y determinando 
lo que se debia hacer; ó que, siendo este mé- 
todo embarazoso, encomendasen á un cierto 
número de individuos el cuidado de los inte- 
reses de todos, ó de la cosa pública. Tal fué 
el origen de las municipalidades. "Sobre este 
» primer cimiento, dice Macarel, han levanta- 
ndo los legisladores el edificio social. Este edi- 
)) ficio llegó á su altura cuando muchos pueblos 7 
>x habiéndose reunido para formar un cuerpo de 
)) nación, se erigió una municipalidad general 
» sobre las particulares, ala cual se dio el nom- 
»bre de gobierno (6)/ 

El gobierno, pues, va ascendiendo por los 
grados siguientes: 1.° gobierno paternal;. 



__ 

(6) Elementdu Droit politiq. Du pouvoir munici- 
pal, pág. 110. 






40 

2. ° municipal; 3. ° de muchas municipali- 
dades, que componen un distrito; 4. ° de va- 
rios distritos que componen un depaitamen- 
to:, 5. ° de algunos ó de muchos departamen- 
tos que componen una nación. Por este orden 
los pueblos han debido someterse á la auto- 
ridad de uno solo, de donde resultó la monar- 
quía, ó al de personas distinguidas, que ex- 
cluía la participación del mayor uúmero, de 
donde provino la forma de gobierno aristocrá- 
tica, ó en fin, el pueblo quizo gobernarse por 
sí mismo, y se estableció la democracia. 

Cualquiera de estos tres géneros de gobier- 
no que se haya establecido, por la voluntad de 
los asociados, en una nación, ha nacido, ha 
crecido y se ha desarrollado hasta llegar á su 
mayor altura. Entonces las autoridades supre- 
mas han obrado descendiendo sus órdenes 
desde sus ministros á los gobernadores de pro- 
vincia, de estos á los de departamentos y de 
distrito hasta las municipalidades é individuos. 

Asi, en el orden natural de las cosas, la for- 
mación de un régimen cualquiera de gobier- 
no, proviniendo de la voluntad del pueblo, 
que quiere ser gobernado, se compone de es- 
ta voluntad que dicta las leyes, y del brazo 
que las ejecuta: y asciende hasta colocar en 
su puesto á los magistrados, á quienes el pue- 



41 

blo elige y debe obedecer. Una vez colocados 
éstos, ejerciendo los mandatos que han recibi- 
do sobre las masas, el gobierno desciende. 

Las repúblicas antiguas presentaron mas ó 
menos perfecta esta imagen natural del go- 
bierno: ía guerra y las conquistas la desfigu- 
raron, los conquistadores se hicieron Reyes y 
sus capitanes grandes señores, dependientes 
apenas de los Reyes: el pueblo se sometió á 
la fuerza armada en todas partes. Entonces los 
Reyes chocaron con sus grandes vasallos' y apo- 
yándose en el pueblo los vencieron siíí de- 
jarles mas que los títulos de sus antiguos do- 
minios; el pueblo, en cambio, fué recobrando 
poco á poco sus derechos, se ilustró; se hizo 
rico y poderoso. Ya no fué posible desde en- 
tonces que sufriese con paciencia las demasías 
de un gobierno absoluto ni el insolente orgu- 
llo de las clases privilegiadas: el pueblo se su- 
blevó contra sus opresores y logró recobrar, 
á costa de su sangre, sus primitivos derechos 
y consignarlos dándose leyes fundamentales, 
en que estas expresaron el pacto del pueblo 
con sus gobernantes, en que los gobernantes 
deben reconocer el origen de su autoridad j 
sus límites; asi como el pueblo el de su obe- 
diencia y deberes hacia sus magistrados.